martes, 7 de junio de 2011

6/5/2011 – New York, Día 7.

Mañana. Meatpacking District, High Line y Chelsea.


Ya estamos libres del ritmo diabólico que nos marca el NYCPass, así que decidimos pasar un día tranquilo visitando la High Line.
Tomamos el metro, como siempre, hasta la 14th st, y caminamos por el Meatpacking District, que a día de hoy es una auténtica monería sin perder ni chispa del sustrato que albergó en el pasado carga y descarga de mercancías por el día más prostitución, drogas, BDSM y algún club straight-friendly por la noche.
 Luce un día esplendoroso y la gente desayuna en las terrazas, aunque ya son más de las 11 de la mañana. En la 14th st. nos encontramos con otro Apple Store y preguntamos por ese cachivache de moda con el que pretendemos gasto en tebeos en un 50%. Nos dicen que existen posibilidades de conseguir uno si venimos a hacer cola a las 6 o las 7 de la mañana.

Autofoto en Meatpacking.
¡A las 6 de la mañana! Tal como te lo estoy diciendo.

Volvemos a la calle y decidimos darnos un homenaje desayunando en Pastis (9th ave con la 13th st), restaurante de moda pareado con el famoso Balthazar. Pastis hace esquina en una manzana de ladrillo de dos plantas, junto a un taller de coches tan bonito como un museo de motocicletas antiguas. La enorme terraza del Pastis está llena de gente tostándose al sol y apretándose suculentos platos más parecidos a un almuerzo que a un desayuno. En cualquier caso, a esta hora y en laborable no sirven brunchs; oficialmente son desayunos. Nos sentamos dentro y nos pedimos unos desayunos franceses completos, que consisten en café, tostada de pan francés bajo huevos fritos, bacon, tomate asado, alubias guisadas con salsa y salchicha. El sitio es realmente bonito y hasta el uniforme del servicio llama la atención a pesar de su sencillez. Levis clásicos azules, camisa blanca de manga corta y mandil negro corto. Aquí debe uno aprovechar para patearse el bar entero y entrar al baño mientras nos sirven el desayuno y, cargados para todo el día, salir a recorrer un poco el barrio de Alex Forrest antes de tomar la High Line.




Desayuno completo francés.
Ese soy yo en Patis. 
Y este es Andrés en el preciosísimo servicio de Pastis.


La High Line comienza en la 14th st. y recorre Chelsea hacia el norte, aunque de momento sólo está abierto al público la mitad del recorrido. Se trata de una antigua vía del tren elevada, que se conservó por iniciativa popular y de la que han hecho este espléndido parque alargado que tiene algunas de las mejores vistas de la ciudad.
El comienzo es un corte seco en el paso elevado, coronado por un pequeño bosque de árboles y arbustos y bajo el que se encuentra la escalera de subida hasta el suelo de tablones de madera que deja aflorar oasis de plantas y restos de raíles metálicos de vez en cuando. En ocasiones la vista no encuentra obstáculo hasta el Empire State mientras que en otras la vía se interna bajo edificios cuajados de galerías de arte y alguna cosa más. Bajo el paseo, se alternan aparcamientos robotizados y naves de planta baja.
El ambiente es agradable y variado, entre parejas de guapas amigas tomando sushi a turgentes parejas de novios con sneakers, tops demasiado pequeños y dorados, no muchos turistas, bohemios, trabajadores en la hora del almuerzo e incluso jóvenes madres con sus hijos. Todo está limpio, todo funciona, hay tumbonas gratis disponibles con vistas al Hudson junto a fuentes donde mojarse los pies, miradores de cristal donde sentarse a devorar la merienda y ver el tráfico de la 11th ave, … No tengo ni idea de cómo se las apañan en esta ciudad para mantener las zonas comunes limpias y libres de okupas y pedigüeños, pero lo cierto es que funciona. No sé será causa o efecto de la maravillosa costumbre neoyorquina de vivir la calle. La gente se tira a las calles, las devora, las vive como su propia casa. Cada negocio, cada deli en cada esquina y cada trocito de césped se aprovecha y se utiliza como lugar de descanso improvisado para consultar el email o tomar algo. No es de extrañar que haya de todo porque en esta ciudad cualquier oferta se devora con hambre y con alegría, con orden y limpieza. Parece que fuese imposible abrir un negocio y que no funcione.








Qué gusto da remojarse los pies cuando ya no te duele la espalda.
Descalzarse y aliviar los pinreles es un placer de reyes.
Ese que va como una exhalación soy yo.
Y ese pasmarote que se asoma como una aparición también soy yo.

El Empire desde la High Line.

Pues aquí en la High Line decidimos plantar el pandero y pasamos un buen rato tomando el sol, remojando los pies, tomando notas, leyendo y dando por consumada mi victoria sobre el dolor de espalda. Hoy, a excepción de cierta rigidez en los hombros, estoy como nuevo. Mi cuerpo se sobrepone al cansancio y vence por persistencia.
El sol pega fuerte y comienzo a mirar con envidia los pantalones cortos. Cuando ya no podemos más bajamos de las alturas y paseamos un rato por Chelsea, continuación norte del Meatpacking, con un aspecto menos reciclado y menos historiado, con un aspecto bastante acogedor, otro de esos lugares que parecen ser un buen lugar para comprarse el piso.
Espectacular diner (ya cerrado) en la 9th ave. entre la 22th y la 23th st.
Otra vista de Chelsea.
Camino a Broadway.

Tarde. Chocolate, universitarios en ropa interior, Lower East Side y Backroom speakeasy bar.

Hoy es día para deambular ociosos, para mirar, pasear, sentarse y volverse a poner en marcha. Invertimos la tarde en volver a Broadway, repasar el Flatiron, volver a Strand, tomar un chocolate caliente y una cookie de chocolate con chocolate blanco en City Bakery , (seguramente el tercer mejor chocolate que he probado, aunque el sitio es franquicia style).

Pasmarote en Flatiron.

Ponemos rumbo a West 4, donde hemos quedado en recoger a María Antonia. El plan es visitar el Lower East Side para acudir a nuestra cita con un colega de Andrés que vive aquí a tiempo parcial y, a ser posible, cenar en Georgia BBQ, donde dicen que sirven las mejores costillas de la creación, pero no sabemos si nuestra cita nos lo permitirá.
En Washington Sq. nos encontramos a las ardillas conmocionadas por una marabunta de universitarios en ropa interior. No sé qué pasa ni me importa, pero hasta los negros que ayer jugaban al ajedrez están mirando la vorágine. No es que haya visto muchos universitarios desnudos últimamente, pero juraría que el nivel está bastante más alto que en la Universidad de Granada. Al menos el de los chicos, que parece que cuidan sus carnes bastante más que ellas. También puede ser que las chicas que están buenas pasen de venir aquí a lucirse en braga y sujetador. Ellos, repito, a excepción de algún que otro grupito del club de ciencias que se mantiene un poco al margen, están tremendos. Y ahora me pregunto, ¿por qué coño no hice unas fotos de esta escena para ilustrar mi crónica y demostrar que mis apreciaciones son certeras?
Metro hasta Lower East Side. El barrio, fuera de las calles internas entre Houston, Allen y Delancey St. resulta un poco más inhóspito por la anchura de las calles y el tráfico caudaloso. Sin embargo, en las calles interiores el ambiente es jovial, juvenil y cervecero, como un domingo por la tarde en La Latina, pero sustituyendo mamarrachos, canallitas y catetos por hipsters y pinups. Hemos llegado a tiempo para la happy hour, así que nos sentamos un buen rato a tomar unas cervezas en el patio de una cervecería en Orchard St. justo enfrente del sitio de las costillas, el Georgia’s Eastside BBQ, y acudimos después a la cita en el 102 de Northfolk St.

Tan ricamente con la happy hour.
Patio de la cervecería que hay justo enfrente
del Georgia's BBQ, en Orchard St.

Aquí estamos entre un bar discretito y una escalera de entrada a la vivienda. Charlando hasta que llega la pareja con la que estamos citados. Un colega de trabajo de Andrés que está intentando hacer las Américas y su chica, actriz de Seattle recién graduada en Ohio. Ellos nos han citado aquí, y yo pensaba que se trataba de su casa, pero vienen calle arriba y nos indican que bajemos por una escalera de esas que cuesta distinguir de un callejón o la bajada al sótano del edificio. Un señor grande y gordo nos pide la identificación antes de entrar al callejón y nos dice que no se puede pasar si no tienes al menos 25 años y que nada de ropa deportiva. Me pregunta si mi camiseta del Sunnydale High School tiene algún número dorsal en la espalda. Yo no entiendo muy bien todo esto, pero resulta que adentrándose en la penumbra del mugriento callejón hay una puerta que conduce a un lujoso y bello local forrado de terciopelo rojo, retratos de distinguidas damas de otros siglos y una barra que parece el altar de las delicias alcohólicas. El lugar se llama Backroom y es uno de esos sitios clandestinos que prosperaron durante la Ley Seca. Un speakeasy, así los llaman. No sé cuánto tendrá de cierto, pero la música es una maravilla, el lugar impresiona por bonito, las piernas de las camareras son tan largas como las de un camello y las copas las sirven en una taza porque cuenta la leyenda que así era en tiempos de la prohibición. Mientras nuestro anfitrión nos cuenta un montón de cosas y su chica juega con el móvil yo me dedico a regocijarme con el local, la música y los dos cócteles que me estoy apretando (a 16$ each, eso sí). Borracho como una maruja en una boda me levanto para ir al baño. Subo la escalera, recorro el local, me pasmo de ver que todas las mesas están vacías y reservadas y me doy cuenta mientras meo que me lo estoy pasando genial yo solito. No sé lo que estarán haciendo los demás, creo que siguen hablando sin parar.

Barra del Backroom. Speakeasy en Northfolk st.
Otro rinconcito del Backroom.

Claire, la chica de Seattle tiene mucha prisa porque ha quedado con sus amigos en un bar, quiere que nos vayamos, o quiere irse, no sé muy bien. El caso es que les proponemos cenar las costillas, a su novio le parece estupendo y ella pone cara de fastidio. Cuatro a uno para el Georgia’s.

Noche Georgia's Eastside BBQ y bar en la terraza de un hotel en alguna parte de Manhattan.

Las mejores costillas y el mejor rock'n'roll del mundo.
Ya es de noche, viernes, y sin embargo hay una mesa libre en este minúsculo lugar donde me dijeron que no servían cerveza ni había baño. Lo del baño no lo he comprobado, pero cerveza sí que sirven, aunque no me atrevo a pedirme una porque ya voy bastante pedo. Efectivamente, las costillas son espectaculares, insuperables, tiernas, sabrosas y hasta simpáticas. El pollo frito tampoco se queda corto. Nos sirven además decenas de acompañamientos, deliciosas patatas fritas, mazorcas de maíz y alguna ensalada. Comemos como Saturno devorando a sus hijos y sólo hablamos para decir que sí, que era cierto lo de las costillas del Georgia’s, cita obligada para cualquiera que venga a la city y no tenga la desgracia de ser vegetariano. Y todo baratísimo, creo que menos de 80$ en total (dividan entre 5 personas).
Lamentablemente, seguimos teniendo muchísima prisa por unirnos a los amigos de Claire, así que comemos a velocidad de vértigo y cogemos un taxi a toda hostia como si esto fuera una carrera. Yo me he dejado dos patatas y en verdad en verdad les digo que nunca en mi vidad me había arrepentido tanto de algo. Gracias Natalia, oh fuente de tan estupenda recomendación —sepan que escribo esto a la hora de comer.
El taxi nos deja en la 11th Ave con 48th st. Es un hotel y subimos a la terraza donde parece ser que hay un bar. Y joder, entrar en el bar impresiona. Un bar enorme con una terraza más enorme todavía con vistas espectaculares de la cordillera de rascacielos iluminada. Damos una vuelta de reconocimiento, disfrutamos del aire fresco y las vistas, Albert y Claire nos presentan a sus amigos, compañeros de universidad de Claire en busca del camino hacia Broadway, y pedimos unas copas (también a 16$ each). Luego detenidamente y con más calma puedo analizar que la concurrencia del lugar es un poco garrula, así como tipo universitaria ruidosa americana, ni rastro de chicas sex and the city ni gente estilosa. Y miren, ni falta que nos hace, que somos de pueblo y ya estamos lo suficientemente borrachos e impresionados para haber gozado como marranos en un charco.



A la hora conveniente nos despedimos de nuestros anfitriones de esta noche y caminamos hacia el metro, en algún lugar, muy satisfechos por la velada, analizando cada momento y pormenor.

Pillamos la cama a las 2:30am.

lunes, 6 de junio de 2011

5/5/2011 - New York, día 6.



Mañana. Central Park ryde y Museo de Historia Natural.

¡Arrrrrrrrrrriba chicos y chicas! ¡Amanece un nuevo día en Washington Heights! Hay que rematar el NYCPass y luce el sol, así que olvídate de ese dolor de espalda y lánzate a las calles.
El plan de hoy comienza con un paseo en bici por Central Park, de manera que volvemos a enganchar el metro hasta Columbus Circle (59th St). Desayunamos en La Parisien, un diner de la 7th Ave. entre la 57th y la 58th st., donde una camarera ya mayorcita, pero no a lo Joan Blondell, sino hispana, se alegra muchísimo de poder atendernos en español. Unos huevos benedictine y un café que me saben a gloria. En la cola para recoger las bicicletas Andrés lee Wicked, intentando avanzar lo máximo posible antes de la representación de esta noche. Yo tomo notas para estas crónicas. Tras media hora de espera nos entregan una bici a cada uno y entramos en el parque por la 7th Ave, donde empezamos la vuelta completa en el sentido contrario al de las agujas del reloj la esquina sur de la 5th Ave. es un buen lugar para comenzar. La ciudad emergiendo tras los árboles emociona e impresiona, y tras las fotos de  rigor y la toma de contacto con la bicileta, nos dirigimos hacia Bethseda Fountain seguidos de cerca por una pareja de lesbianas españolas ciclistas —amigos, Nueva York está plagada de lesbianas españolas—. Decidimos rectificar el rumbo y saltándonos la prohibición de deambular en bicicleta por los caminos internos, cogemos un atajo hacia la escultura de Alicia en el País de las Maravillas. Por el camino nos detenemos a tumbarnos sobre una alfombra de pétalos de cerezo, como en la ilustración de portada de una novela rosa. Al llegar a la estatua nos volvemos a encontrar con las lesbianas ciclistas, aunque no estoy del todo seguro de que sean las mismas de antes.

¿Dónde era el cruising?
Y recuerden...
Aquí estamos en pleno guirigay.
Comió la píldora roja.

¿Ve señorita Alicia como estoy perdiendo pelo?
¡Cucú!
"¡Fuera de aquí, canalla!" De Danielle Steelle.
Huckleberry Matt.
Se me van a garrapiñar las almorranas.
El Jacqueline Onassis Kennedy con Central Park West al fondo.
Rendidos por el pedaleo.


Pedaleamos hacia el norte, paralelamente a la 5th ave. parando de vez en cuando para asomarnos al lago Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir u otear el frondoso Ramble, paraíso para ornitólogos y cruisers. Desde aquí se ve la espectacular hilera de torres y cimas de edificios de Central Park West, legendario vecindario donde el recibo de la comunidad asciende fácilmente a 5000$ al mes. Alcanzar la esquina norte de la 5th Ave. es bien sencillo y apenas hay que pedalear suavemente saludando de nuevo la retahíla de museos, pero aquí las cosas cambian y el ciclista temerario empieza a encontrarse con las pendientes, una curva pronunciada que baja para después tener que vértelas con una serie de subidas conforme se desciende paralelamente a Central Park West entre bosques y carteles de advertencia acerca de animales salvajes rabiosos. Con las subidas y bajadas comienzo a temer que el dragón despierte —el dragón es mi dolor de espalda, claro— y me amargue el día. Una vez alcanzada la cumbre, aproximadamente hacia la mitad del parque, decido que puedo parar la bici sin correr peligro de no ser capaz de volver a ponerla en movimiento, y aprovecho para beber agua y sudar un poquito. Emprendemos lo que queda de camino, pasamos total de Strawberry Fields y del pelma de Lennon y volvemos al punto de partida para entregar las bicis y dirigirnos a la segunda parada del día: el Museo de Historia Natural.

Al bajar de la bici comienzo a sentir en el lomo los primeros mordiscos del dragón, de manera que tomamos el metro hasta el museo (Central Park West con la 81th st.), que tiene su propia parada y su propia entrada desde los túneles hasta el vestíbulo. Nosotros entramos por la puerta principal, como Dios manda, donde ya te reciben un par de esqueletos de dinosaurio.
La manera más digna de llevar corbata.
Que este sea el museo del que tengo menos que decir no es malo en absoluto, sino más bien fruto de mi ignorancia. Así que para decirles: qué bonitos los animalitos y las exposiciones y las mariposas y el planetario, mejor les dejo con algunas fotos comentadas. Sólo les diré que en una de sus muchas tiendas —las mejores tiendas de museo de todos los museos que llevo vistos— vendían unas corbatas preciosas con motivos científicos, paleontológicos, astronómicos, ranológicos, mariposólogos y demás que me encantaron. No saben cómo me arrepiento de no haberme comprado una corbata de ballenas. Costaba 60$, pero debí haberme hecho con ella y dar rienda suelta al prurito que últimamente me llama a utilizar corbata.

No se pierdan tampoco la bajada al reino de las plantas, con su olor a tierra, su oscuridad y su maravilloso sonido ambiente. Porque el Museo de Historia Natural tiene sonido ambiental y es un deleite de lo que ambienta y emociona y una lección para todos los museos del mundo —¿qué hacen los del MET que no ponen  cantos gregorianos en la zona de arte medieval y rien de rien en donde los impresionistas?—. Total, que va uno en cierta penumbra y dobla una esquina y se encuentra con el corte transversal gigante de un árbol de miles de años y se queda boquiabierto, pero al estar escuchando a los pajaros del bosque, los grillos y el gotear del agua sobre el musgo la boca se abre muchísimo más de lo que se abriría en un museo sin sonido ambiente. Por cierto que el corte transversal de secuoya, precede a la sala de biodiversidad, que es el despiporre y el resumen del museo entero a la par que la entrada a la sala de la ballena, con su correspondiente sonido ambiente.


Banderas desde el Museo de Historia Natural.
¡Quitámelo! !Quítamelo!
¿Esto de coserse el hocico no se pone de moda entre perroflautas?

Doble hilera de dientes, como Galindo.
Aquí había un hermosísimo sonido ambiente selvático africano.
En este museo son unos artistas del ambiente. La penumbra es exquisita.

Batmaaaaaaaaaan.

El sombrero Indiana Jones me quedaba estupendamente y abrigaba mogollón.
Me lo apunto para el invierno.
Señor Diplodocus.
Adivinen lo que se escuchaba en el sonido ambiente.
No hicieron caso a lo de ser bellas, pero sí a lo de ser sagaces.
Si te entra sueño te echas la siesta en la cafetería, con un par.

Tarde. Central Park West y Lincoln Center.

Otro frapuccino. ¿Pasa algo?
Durante toda la visita al museo el dragón me ha hincado el diente hasta la médula y al salir sucumbimos de nuevo a un frapuccino de mierda de esos —que están buenos, para qué lo vamos a negar—. Me recupero un poco acompañándolo con un bizcocho de limón y pensando que esto del Central Park West no está tampoco nada mal.
Bajamos caminando por la vera de Central Park y repasando los edificios famosos por uno y otro motivo. El edificio en que Sigourney levitaba y se convertía en ramera diabólica en Cazafantastas, la casa de Madonna y la estrella pop de los edificios, el Dakota. No sé lo que pagarán de comunidad los vecinos del Dakota, pero bien que les renta, porque tienen un portero uniformado que da gloria verlo y sale a la calle a pedirte un taxi. Y además debe ser el que mantiene encendidas las antorchas a los laterales de la puerta principal, lugar que se reconoce al instante con gran regocijo y sobrecogimiento como el mismísimo suelo contra el que Terry, la asistenta de los Castevet, se hacía una tortilla en La semilla del Diablo.

Frankenstein en el Dakota.
Aquí creímos sentir la presencia de John Lennon
porque nos entró un sueño que pa qué.
Es igual que la anterior, pero salimos
guapos y no la vamos a desperdiciar.

Amigos, la emoción en Nueva York viene en forma de pequeñas capsulitas que se te meten en el cuerpo sin que te des cuenta y te explotan dentro en el momento en que reconoces el escenario y piensas: estoy aquí. Y hay que decir que todo es mucho más pequeño de lo que parece en el cine.
Y edificio a edificio, pasito a pasito, distrayendo al dragón en algún banco a la orilla del parque, observando al distinguido vecindario, bien vestido, acostumbrado, que mira con amabilidad al turista boquiabierto, nos volvemos a plantar en Columbus Circle.
Nos dirigimos a apurar la tarde con una visita rápida al Lincoln Center, que presenta un ambiente como de ciencia ficción intelectual, de puesta de sol a través de edificio diáfano que desafía a la gravedad poblado de gentes cultivadas que visten estupendamente. No tenemos tiempo más que para dar una vuelta superficial disfrutando de la atmófera, pero dan ganas de sentarse a disfrutar de la luz naranja y ver a la gente pasar. Habrá que dejar para otro día los cientos de tiendas, exposiciones y plantas subterráneas de las que nos han hablado.
A estas alturas el dragón y a me ha dejado una sensación crónica. Me he acostumbrado a él, a tenerlo ahí royendo, y empiezo a encontrar la manera de ignorarlo. Tomamos el metro hasta la porque hemos quedado en el Gershwin Theatre con María Antonia. Tenemos entradas para Wicked.
Sin darnos cuenta nos hemos dejado atrás la visita al exquisito grocery zaltar’s. Otro día, también otro día.
El teatro está todo tuneado de verde, con motivos de la obra. Recojo las entradas sin tener que mostrar tarjeta ni identificación, sólo con mi nombre y apellido mientras llegan grupos numerosos de espectadores vestidos como de baile de fin de curso dando grititos de emoción al entrar al hall del teatro.
Ahora tengo la sensación de que mi carne se ha hecho dura y el dragón muerde pero no consigue doblegarme, lo cual me otorga un valiente arrojo y me animo a acercarme andando al Radio City Music Hall mientras Andrés lee esperando a María Antonia.
Camino solo, por la 50th st. respirando hondo, sonriente, mirándolo todo con asombro nuevo, todo ello gracias a que cada vez tengo más confianza en mi victoria sobre el dragón. El cabrón se resiste, y aún 
hunde un colmillo en mi riñón derecho de vez en cuando, pero no es más que la ira del perdedor que se resiste a retirarse.

El Radio City tiene un hall al más puro estilo art decó rumano dorao que haría las delicias de la raza calé. No me dejan entrar, pero me encuentro con Raphael entre los upcoming events. Vuelvo al teatro, cada vez más vencedor y liberado, aparece María Antonia y entramos a ver el show.

En el Radio City las estrellas se anuncian en pequeñito y en dorao.
Pero si te fijas encuentras pequeñas estrellas latinas.

Noche. Wicked y sushi.

Aquí esperando en el Gershwin Theatre.

Las dimensiones del teatro son abrumadoras. La decoración, tanto la perenne como ajuar verde que viene con Wicked da ciertas pistas sobre los términos de la producción. Al subir a la primera planta te encuentras con un bar en que sirven las bebidas en vasos verdes con el logo de Wicked ante la atenta mirada de los retratos de estrellas de Broadway que dejaron algo de su espíritu en el Gershwin Theatre. Una especie de Hogwarts verde. Estamos en la fila W, bastante centrados, lejos pero con una visibilidad estupenda de todo el escenario. El telón se alza puntual escondiendo el mapa de Oz y otro dragón, el que escolta el escenario, resopla y despiden luz roja por los ojos. Comienza el espectáculo con lo que supongo es el número coral habitual del género y aparece la rubia y reluciente hada del Sur, que no es Kristin Chenoweth —la actriz que estrenó el musical y hacía primorosamente de borracha en Glee—, sino Katie Rose Clarke. Igual da porque canta igual de bien y a esta distancia no distingo los rasgos faciales y daría el pego perfectamente. Eso sí, tiene una vis cómica a lo Lina Morgan que vuelve locos a los americanos.
Ya en el descanso respiro especialmente feliz, no sólo porque estoy seguro de haberme librado del dragón, sino porque estoy superando perfectamente la prueba del idioma extranjero y mis prejuicios respecto a los musicales. Para empezar, el guión es bueno, tiene sus lecturas y sus niveles, es divertido y arrastra un discurso bastante gamberro. Una especie de elogio petardo al despotismo ilustrado en el que el pueblo es poco más que una turba subnormal que necesita de los que son superiores, de las princesas y los magos porque no sabe lo que le conviene. En cuanto a la puesta y escena no tenía prejuicios, es un espectáculo gigante.

Un espectáculo con telón.
Uuuuhuhuhh, el dragón.
Los americanos son un público agradecidísimo. Responden a cada estímulo con unas claves establecidas y reconocibles, lo cual me hace pensar cuán horrible debe ser estar en el escenario y encontrarse con una ausencia total de oooooohs, guuuuuuuaaaauuuuus y whiiiiiiiuuuus.











Al salir del teatro cogemos el metro hasta Canal St., pero antes pasamos por Times Sq., que de noche es una cosa preciosísima que te vuelve a emocionar —sí, otra vez—. Una vez allí caminamos dejando Tribeca a la espalda, calle Sullivan arriba, chapoteando en los charcos y abrazando las farolas como Gene Kelly porque Broadway nos ha poseído y el dolor de espalda kaput para siempe, hasta el Blue Ribbon (119 Sullivan St. Entre Spring y Prince), un japonés que nos han recomendado oportunísimamente. El sitio es oscuro y la música está alta, pero resulta ser bastante agradable. La comida, eso sí, es deliciosa. Cenamos los tres, con cerveza por unos 90 euros. Un par de makis cada uno y unas piezas sueltas de sushi y sashimi. 
Posiblemente menos lo que cuesta un buen japo en España. Se trata de un sitio ideal para cenar tarde, pues cierra a las 3 de la mañana. A la hora que llegamos nosotros, más de las 11, no es necesario hacer cola.


Con esta guinda y este buen sabor de boca volvemos al metro y tratamos de aguantar despiertos hasta encontrarnos de nuevo en Washington Heights.