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miércoles, 4 de abril de 2012

Tokio, día 4. 21/3/2012. Asakusa, Palacio Imperial, Ginza, Kanda y Akihabara.

El que esté atemorizado por la extensión excesiva de las últimas crónicas no se marche todavía, por favor. La acumulación de filosofías y conclusiones tiende a posarse en las primeras entradas, de manera que poco a poco los relatos se van haciendo más concisos. En esta misma sin ir más lejos debería notarse ya. A ver qué resulta.
Este es un día de peregrinación y romería. Tras el clásico desayuno de té con leche embotellado y bollería industrial caminamos hasta Ueno para coger el metro a Asakusa, el corazón del Tokio tradicional, y ya no volvemos a utilizad el transporte público en todo el día. Corre un viento bastante fresco pero brilla el sol, las calles de Asakusa, a excepción de las calles turísticas comerciales que conducen a Sensō-ji, el templo más grande que hemos visto en la ciudad. Tiene una gran puerta escoltada por dos titanes coloraos, una pagada de cuatro o cinco plantas, casetillas varias, su pequeño cementerio y todos los detalles del templo budista moderno. Está bastante concurrido por nativos, tanto en núcleos familiares como en grupos de estudiantes —preciosos los uniformes, por cierto, que las chicas llevan cuidadosamente tuneados con un par de peluches y zapatos primosoros— y también algunos turistas. A los nativos les encanta posar y retratarse delante de cada pagoda o cada puerta, incluso más que a los extranjeros. Son graciosos los japoneses, con esas caras tan distintas que parece que está uno en un tebeo de Naoiki Urasawa y esa manía de hacer ooooooh todo el tiempo. Todo lo expresan con un ooooooooooohhhhh, pero en función de la entonación que le dan, cambiante sinusoidalmente a lo largo de la larga ristra de oes comunican en un lenguaje universal la emoción que los embarga en ese momento.
Las calles que rodean el templo están llenas de puestos de comida y tiendas para turistas. Es de los pocos sitios donde venden yukatas, que son las batas que usan en casa y que te prestan en todos los hoteles junto con unas chanclas. Yo pensé que sería un artículo de lo más exportado, pero resulta que no, que las venden en poquísimos sitios. Abanicos, chochines, monederos y jelouquitis por todas partes; mochis, pinchitos de bolas de arroz y galguerías de té verde.
A diferencia de los días anteriores, Asakusa tiene un ambiente luminoso, doméstico y despejado. Gente sin disfrazar, amas de casa con su carrito de la compra, supermercados, librerías de segunda mano, pequeños negocios familiares, papelerías y si uno se pierde por las callejuelas encuentra mogollón de tiendas de juguetes tradicionales, como petardos y cometas. También hay pachinko slots como los llaman por aquí. De estos hay en todas partes. Aquí, según la Lonely Planet, está también uno de los sentos más mejores y auténticos y antiguos de todo Tokio, pero es tempranito aún para sumergirse en aguas humeantes. Tal vez otro día.
Decidimos llegar hasta Ginza caminando en paralelo al río, tarea que nos va a llevar una buena parte del día. Cuando el hambre empieza a apretar nos mezclamos entre las callejuelas bajo las vías del tren y entramos a comer en un cuchitril donde sirven anguila. Una vez dentro resulta ser un lugar bastante agradable y con la ayuda de un empleado que chapurrea inglés nos pedimos unos menús que llevan una cajita con arroz sobre el que colocan unas piezas de anguila cocida y otras de anguila a la plancha embadurnada en una variante adecuada de salsa de soja. Se sirve con wasabi, cebollino picado y una especie de rallador en el que hay acumuladas virutas de cáscara de limón. El rallador te lo dan con un rascador para que desprendas las virutas. Nos dan una tarjetita con las instrucciones; hay que poner un poco de wasabi, cebollino y limón sobre la anguila y metérsela en el gaznate. Todo esto lo sirven con riquísima sopa miso y encurtidos, as usual. Hay que decir que en algunos sitios nos han servido una especie de wasabi que pica muy poco pero mantiene todo el sabor, el que acompañaba a la anguila era de este tipo. Al final hay que guardar un poco de arroz, anguila y demás porque te traen una tetera de caldo hecho con las espinas y las colas de la anguila para que te hagas una sopa mezclándolo todo. De rechupete.
Una vez hemos ajustado las cuentas con la anguila preguntamos al amable camarero dónde coño estamos. Nos señala en el plano un lugar cercano al este de la estación de Kanda. Nos despedimos con la retahíla de reverencias, sayonaras —hay que pronunciar mal la erre, como si tuviera uno frenillo, no en la polla, sino debajo de la lengua— y arigatos, y seguimos camino hacia el sur.
El paisaje se va volviendo más urbano, las calles se ensanchan, el tráfico aumenta de caudal y los edificios son cada vez más altos y más de cristal; los viandantes cambian la ropa de paisano por el traje y el maletín. No tardamos en avistar el oasis verde del Palacio Imperial, sito en una isla rodeada de un foso lleno de cocodrilos, tiburones y sanguijuelas. De la isla se pueden visitar los jardines, pero para visitar el Palacio, como diría mi profesora de historia del instituto, en sí mismo considerado, hay que estar intrépido porque sólo se puede un par de días al año y no sé si hay que pedir cita o pernoctar al sereno la noche antes de que salgan a la venta las entradas como si fuera un concierto de Gilye Minogue. Los jardines no son muy espectaculares, para que nos vamos a engañar, y tampoco están muy concurridos. Tienen alguna vista interesante de edificio tradicional de madera bajo skyline moderno. Entramos por una punta y salimos por la misma, porque no se puede cruzar a la parte sur. En la esquina sureste hacen frontera con la ciudad, concretamente el distrito de Ginza, en una explanada enorme y desierta llena de arbolitos y bancos donde tomar el sol. Nos sentamos un rato a descansar, porque estamos hechos trizas, acompañados de unos cuantos mendigos que también se broncean por la zona. Es curioso lo de los mendigos, no se dejan ver mucho, ni piden, ni prestan demasiada atención a los viandantes, suelen mantenerse en zonas despejadas. Da la sensación de que estuviesen conformes con su condición de homeless y huyesen de la gente que forma parte del sistema. Los mendigos en España, qué os voy a contar, no parecen muy conformes. Cuando casi todos los españoles seamos mendigos dentro de poco va a ser la monda.
Aquí entramos directamente en Ginza, que es como la quinta avenida de Manhattan, para entendernos., dejando a la izquierda la estación central de Tokio. Mucha arquitectura vertical acrisolada y mucha tienda cara y mucha gente con mucha pasta de ropa encima. Las mismas marcas que allá y todo lo demás. Visitamos el famoso edificio del Foro Internacional de Tokio, que es bastante impresionante tanto desde fuera, como desde el patio interior que separa los dos edificios conectados por puentes y subterráneos, como desde el íntimos del edificio de cristal con forma de pez.
Seguimos camino hacia Ginza en sí misma considerada, paseamos un rato entre gentes bien pertrechadas por Chūō-dori, apuntando la diferencia entre el chanerismo de Shinjuku y el pijismo de aquí con la sensación de tener las cosas mucho más ubicadas. Lo de la estética artificial y violenta de los días anteriores es, digamos, la facción ordinaria y poligonera, o sea, lo popular, que por supuesto es mucho más entretenido que el clásico buen gusto de los ricos, que es igual en Ginza que en Nueva York. Y me temo que no sea igual que en España, donde los ricos son rancios y catetos. Bueno, hechos trizas nos tomamos un café de esos espesos y grandes sabor té verde con un baggel con queso de untar y seguimos la avenida Chūō parriba, que según el plano debería llevarnos, cruzando Akihabara, hasta Okachimachi, donde hacemos noche.
Camino al norte se nos va haciendo de noche entre grandes almacenes y estos negocios que están por doquier en Japón, los bridal nosequé. Se conoce que aquí en las bodas lo dan todo como los gitanos, y que se pasan años como la lechera soñando con el momento de casarse y montarla. Cuando el momento se acerca deben recurrir a uno de estos lugares en los que te sacan la pasta con una facilidad tremenda y en los que planean con un horterismo nivel estrella del pop de oriente medio hasta el último detalle de tu enlace. Me parece que las novias lucen distintos vestidos, el japonés, que es blanco así como con un cruce entre tocado de monja y comecocos en la cabeza, un kimono de loco estampado para hacerse fotos con el novio disfrazado de antiguo mejilla con mejilla bajo algún cerezo, y otro como de novia de Farruquito, occidental traje de merengue con pedrería.
Kanda y Akihabara son lo mismo. Tiendas de gadgets electrónicos y maid bars. Tiendas de cartas y muñequitos, tiendas de DVD y porno. Veo que tienen iPads e iPhones bastante baratos. No sé si son libres, si son de segunda mano ni sé nada de nada, pero si son libres y nuevos igual debería agenciarme un 4S por 200€. Entre eso y un par de pares de converse Super Mario que vendamos en España recuperamos la pasta del JRPass. Pero ahora estoy hecho trizas, ya preguntaré cuando volvamos a Tokio.
Intentamos retratarnos con alguna de las señoritas tuneadas que pregonan los maid bars. La primera, disfrazada de agente de policía putesca com lentillas azules se presta encantada, pero otra de ellas con una caperuza rosa, al pedirle que pose, empieza a lanzar gemiditos y a flexionar las rodillas muy nerviosa diciendo, nooooooooooooooooooooo, soriiiiiii, soriiiiiiiiiiiiiiiiiii, noooooooooooooooooo, soriiiiiiiiiiiiiiiiii. Bueno, bueno, mujer, no sufras que no pasa nada, te hacemos la foto a ti sola y nos vamos por donde hemos venido.
Ha sido un día agradable, por el cambio de paisaje y por el ritmo peripatético, lleno de menciones a lo que hubieran gozado Miguel y Ana. También ha sido agotador, no hemos parado de caminar en diez horas. Visita al 7eleven para comprar yoghurt y gelatina y vamos al hotel. Por supuesto no me encamo sin antes adquirir el porcino color rosa que el sento proporciona a mis carnes serranas.
¿Lo veis? Mucho más corto este cuarto día. ¡Misión cumplida!

lunes, 16 de mayo de 2011

30/4/2011 - New York. Día 1.

9:00h. Washington Heights.



Amanece el primer día. Sábado nublado y fresco. Es necesaria sudadera y cazadora. Nuestros planes son pasar el día en Brooklyn, ver la puesta de sol desde allí y celebrar el bautismo de Manhattan cruzando a pie el puente de Brooklyn una vez haya caído la noche. Salimos de casa a las 9 y vamos a pata hasta la boca de metro de la 169st porque en la 175st no funcionan las máquinas para sacar la metrocard. De camino echamos un ojo al barrio latino durante el día, todo está abierto y las tiendas lucen fascinantes carteles de estrellas latinas que retrato al vuelo para poder revisar hasta el fin de mis días.

No sé si ir a Wason y Vickiana o a los Hermos Rosario.

Esta foto produjo un cortocircuito en el
detector de sonrisas de mi cámara.
Nos encontramos con la maldición de los billetes de 1$. Cada billete que guardas en la cartera se ha convertido en su equivalente en billetes de 1$ la siguiente vez que la abres y resulta imposible librarse de ellos. Sin embargo, las monedas de 1$ son escasas y dicen que dan suerte. Llegar y besar el santo, la máquina del metro me devuelve 1$ coin al darme el cambio. Invertimos un buen rato con la máquina, porque no da más de 6$ de cambio y hay que meterle los billetes de 1$ varias veces. Pero al final conseguimos dos metrocards de 7 días por 29$ cada uno.
El metro es viejo y está sucio, los trenes tardan unos 10 minutos en pasar durante el día, pero siempre encuentras sitio para sentarte. Sigo a María Antonia, que nos hace de guía, pero no entiendo nada. Subimos a un tren y me siento entre un chico blanco que lee Festín de Cuervos y una señora negra que le habla a su hijo obeso en dos idiomas:
—¡Qué eh lo que tú estah disiendo, Queni! What demonio are you gonna do?— y continúa con una reprimenda en inglés de la que no entiendo nada.
Hacemos transbordo en Fulton St. y continuamos hacia el jardín botánico de Brooklyn. Hoy hay una fiesta japonesa aprovechando que los cerezos están en flor, así que vamos al botánico y dejamos Conney Island para otro día.
En el metro nos aborda una argentina y nos informa de que los sábados es gratis entrar al botánico si vas antes de las 12. Hoy además los cerezos están en flor y hay un festival japonés, explica casualmente.

10:30h. Eastern Pkwy / Brooklyn Musseum.

Salimos a la superficie, y encontramos una cola para entrar al botánico que pasa por delante del Museo de Brooklyn. Decidimos ir a desayunar y entramos en un restaurante griego en Washington Avenue, Teddy's. Por 41$ desayunamos fruta cortada y pelada, capuchinos, agua del grifo con hielo, plum-cakes con bacon, huevos, mantequilla y sirope de arce. A la hora de pagar descubro que se puede dejar la propina escribiendo la cantidad a mano en el resguardo de la tarjeta de crédito antes de firmarlo.
Volvemos al Jardín Botánico y nos las vemos con el desastroso tráfico de la ciudad. Aquí sólo se respetan los semáforos si es absolutamente necesario, los coches son enormes —es como si multiplicasen su tamaño por 1,5— e imponen bastante respeto. Nos frotamos las manos porque son menos de las 12 y no tendremos que pagar, pero resulta que el festival japonés invalida la oferta. 15$ por entrada, otro tute a la tarjeta.
El jardín está tomado por los otakus disfrazados de personajes y muñequitos de los tebeos y dibujos japoneses. También hay invasión de familias con niños pequeños —los niños son monos en Brooklyn, incluso los japoneses—, sentados en el césped, bajo la lluvia de pétalos rosas de los cerezos. El paisaje resulta bastante rosa y verde.

María Antonia y Andrés se vuelven locos haciendo fotos, gracias a las cuales descubro que con el pelo tan corto, y las gafas tan negras parezco la madre de Almodóvar. Mientras ellos disparan yo me pongo y me quito la chaqueta conforme el sol sale o se cubre y paseamos entre familias, mamarrachos y floripondios. Les dejo con una selección de la larga y chochi serie realizada en tan bucólico lugar, no sin antes recordarles que mi calvicie no es más que un efecto óptico.


A la izquierda la madre de Almodóvar.
Soy la ninfa del botánico. Si resuelves el enigma te la como. 
Flor berberecho rosa.
Durante un rato, dejaron de hacer fotos.
Mirar estas fotos mucho rato puede garrapiñarle las almorranas.
Haciendo fotos para la portada de un futuro best seller rosa.
Como el traje de gitana, el de caperucita otaku duerme en el ropero de la
fea esperando que llegue ese día del año en que puede salir a pasear.

12:00h. Prospect Park. Brooklyn.

Prospect Park

Cruzamos Flatbush av. y entramos en Prospect Park, proyecto que sirvió como ensayo de Central Park para los creadores de ambos. Empezamos por visitar el tiovivo de 1912, traído aquí desde Conney Island, aún en funcionamiento. Pasamos del zoo (¡hay pandas rojos!) para continuar hasta el museo del parque, a la orilla del lago, donde echamos un vistazo a algunos de los bicharracos que pueblan el parque. Ranas, tortugas, serpientes y una simpática cucaracha siseante de Madagascar que ha llegado hasta aquí por misterioso conducto y que se deja tocar. El personal del museo, The Boathouse, es espléndidamente agradable con nosotros, incluso sin tener en cuenta que hemos entrado para usar el servicio y curiosear como turistas desinteresados.

Y recuerden, es un efecto óptico.
Cucaracha siseante de Madagascar y Prospect Park.

Cruzamos el Terrace Bridge y avanzamos hacia las explanadas llenitas de equipos infantiles de baseball acompañados de sus familias en formación de picnic con sus correspondientes entrenadores enervados. El ambiente es encantador y hasta nos entran ganas a todos de ser padres para disfrazar a los pobres niños con su trajecito de baseball y traerlos aquí los findes a que jueguen mientras nosotros comemos emparedados de panceta. Tras un largo paseo entre caminos, familias y barbacoas campestres llegamos al otro extremo del parque, en Prospect Park West con la 9th st.
Para un día que atino Papi no vino.
Yo lo que quiero es irme a echar unos pokemon.
14:00. Park Slope. Brooklyn.

Avanzamos por este coqueto y acomodado barrio de casitas con escaleras a lo Bill Cosby, limpio y sembradito de niños sobre ruedas y stoop markets hasta llegar a la 5th av. con 5th st. A esta altura las avenidas ya están cuajadas de comercios y bares. Visitamos la Brooklyn Superhero Supply Co., curiosa tienda de artículos de superhéroes donde puedes comprar una capa dorada, unas mallas, un kit de identidad secreta, un bote de kryptonita, un spray de invisibilidad o someterte a una sesión en la máquina devillanizadora.
Hacemos una pausa en The Gate, una cervecería que encontramos por casualidad en la 5th av. con una foto y el poema homónimo de Poe en el escaparate. Tienen terraza, llena de gente joven con niños y perros. Nos tomamos unas extrañas cervezas servidas por un señor tatuado de cabeza afeitada y larga barba roja. Andrés se pide una uberdulce cocacola de grifo.
Seguimos camino en busca del metro de Union St, con el que queremos subir al norte de Brooklyn. Ya se han ido las nubes y nos hemos quedado con una agradable tarde de sábado. Las calles están llenas de gente que pasea y deambula con calma y sin destino. El ambiente es adulto pero joven, y la sensación es de ciudad callejera y acogedora. De camino al metro pasamos otro parque con canchas de baloncesto y nos cruzamos con unos ángeles del infierno que suben la 4th av, ocupada por talleres, restaurantes y algún almacén reconvertido en centro cultural.


Esto en España sería de lo más cateto.


Mucho stoop market pero poco comprador.
Sons of Anarchy.


17:00h. Brooklyn Heights y Dumbo.

Salimos a la superficie en Court st. y esto ya tiene otra pinta. Con el plano en la mano le pregunto a dos negros enormes que charlan junto a la boca de metro. Uno de ellos se hace el sordomudo y me dice con signos que no puede escucharme. A continuación, como buen cateto turista, me veo ultrajado por mi condición de blanco que se mete donde no debe sin ninguna necesidad. Pero en seguida el señor de color negro sonríe, me pregunta que de dónde soy y me cuenta que a pesar de que tiene plenty of tías y pasta aquí en New York —cómo mola hablar en dos idiomas a la vez—, lo dejaría todo por irse a España a correr delante de un toro y a meterse de cabeza en una de esas guerras de tomates, que no le importaría lo más mínimo que el toro le atravesase el pecho y le sacase el corazón en plena calle. Acto seguido me indica por dónde tengo que ir y se despide con uno de esos apretones de manos coreografiados de los negros para los que siempre he sido un desastre y un "me gusta tu cara", así en español.

Hay pelucones de escándalo, de rafia, nilón...
Parece que estamos en un barrio negro, por las tiendas de abalorios, oros y pelucas. Una negraca gordísima le ruge indignada al teléfono móvil mientras espera al autobús, me dan ganas de hacerle un video pero temo que dirija su ira hacia mí. En seguida salimos a espacio abierto, y esto ya tiene una pinta de Manhattan que emociona. Confluencia de tráfico, primer bus con publi de Juego de Tronos —la serie con la que HBO nos ha premiado y decepcionado a todos estos días—y edificios bien altos. Pasamos por un Starbucks para utilizar el servicio y echar un vistazo al correo y continuamos por Montague St. con la intención de coger Brooklyn Heights Promenade hasta los puentes de Brooklyn y Manhattan. Atravesamos otro barrio residencial de casitas con escalerillas, también lleno de familias jóvenes con niños pequeños y nos pasamos el Promenade por debajo saliendo directamente a una calle que sube a la vera de los muelles. Primer encontronazo con el cogollo sur de Manhattan y de nuevo emoción envuelta en el rugido del tráfico que circula bajo el Promenade.

Las mejores vistas no están en la Promenade, sino debajo.
Pensábamos visitar la casa donde Capote escribió Desayuno en Tiffany's, en Willow st., pero esta calle nos lleva derechos, aunque tras un buen rato en el que nos hacemos trizas echando fotos con Manhattan Sur de fondo, hasta los pies del Puente de Brooklyn, donde nos tomamos un rico helado en una coqueta casita con torre y campanario.
El ambiente bajo el puente es primaveral, familiar —pero no familiar de Jonatan ven acá pacá, sino familiar de recuerdas Connie querida la maravillosa tarde en que hicimos estas fotos con nuestras hijas que hoy día son las bellísimas madres de nuestros esplendorosos nietos—, hay limusinas bajo el edificio de la revista Watchtower (¡Atalaya!), coros de muchachos uniformados, parejas de recién casados haciéndose el reportaje de la boda, turistas haciendo cola para merendar en Grimaldi's —famosa pizzeria muy recomendada—, música en directo y algún bailarín espontáneo en la terraza de un restaurante encantador.

Y recuerden que se trata de un efecto óptico.


¡Atalaya!

Heladería bajo el puente de Brooklyn.
Esta foto la he tomado prestada de aquí.





Damos un paseo por el barrio de Dumbo (Down Under the Manhattan Bridge Underpass) en busca de la foto que sirvió de portada de Érase una vez en América (Washington st. con Water st.), y hacemos tiempo para volver a ver la puesta de sol desde la agradable esplanada de césped bajo el Puente de Brooklyn. A pesar del cansancio, seguimos con el gatillo flojo. El barrio es muy agradable y tiene un ambiente mucho más bohemio a medida que uno se interna lejos del agua. Junto al río hay gran algarabía e incluso se celebran bodas bajo la mirada de los paseantes ociosos y las hordas que esperan sentadas la puesta de sol rosa y anaranjada del Lower Manhattan.
Once upon a time in America.
Manhattan Bridge
Y recuerden...


Nos demoramos bajo los puentes y volvemos a Brookly Bridge Park, en el muelle número 1, para desplomarnos en el césped esperando que caiga la noche. Al esconderse el sol tras uno de los rascacielos la temperatura baja espectacularmente, pero los neoyorquinos parecen estar como pez en el agua. Mientras yo me abrocho y me pongo todo lo que llevo, los niños —caray, qué bien visten a los niños en Brooklyn— se revuelvan por la pendiente descalzos y juegan con sus padres a lanzarse una pelota. El primer ejemplar de titán negro que registra mi memoria es un padre que sujeta una pelota de rugby que en sus manos parece de tenis. Nos trasladamos a un banco y contemplamos el espectáculo del cambio de luz sobre Lower Manhattan sin WTC hasta que se hace prácticamente de noche, tiritando un poco y haciendo fotos con una minúscula estatua de la libertad al fondo.






Entonces asistimos a uno de los espectáculos que no pueden ustedes perderse si visitan Nueva York: entrar por vez primera en Manhattan, de noche y a pie a través del Puente de Brooklyn. A pesar de que ya me lo habían avisado y recomendado me sorprendo de la magnitud de la experiencia. No es sólo la constatación de que ese maravilloso escenario exista fuera de la pantalla y que tu cuerpo dé fe de ello, es la galaxia de luces y sonidos en los que uno se ve envuelto, como si caminase por la pista arco iris del Mario Kart entre turistas, fotógrafos y ciclistas, sobre una autopista abarrotada de tráfico que se puede ver entre los tablones que uno pisa, con las vistas del puente de Manhattan y la ciudad río arriba, y cómo tanta grandeza te hace sentir como si tuvieras seis años. Me acordé de esos que dicen que piensan que el hombre es el peor de los animales y les dediqué un tonante ¡JA!.

Y no sé si les había dicho que en Nueva York huele a comida por todas partes, pero es que en el centro mismo del Puente de Brooklyn huele a comida, a salchichaza de carrito a la brasa. Inexplicable, pero cierto. La mezcla de la emoción por el espectáculo y las secreciones por el olor a carne a la brasa hacen de mí un pelele bobalicón y sonriente hasta que me voy a dormir esa noche, agotado como un bendito.

21:30h. Lower Manhattan y Chinatown.

Y aterrizo en Manhattan (Police Plaza), que bien merece tirarse y besar el suelo como Juan Pablo II —te quiere todo el mundo—, pero el hambre nos arrastra sin pausa hasta Chinatown, donde nos espera el Shangay Café, en el 100 de Mott st., recomendación de María Antonia y de la guía Michelín.
Abrir un agujerito con los dientes, sorber el caldito
y zampar.
No sólo dan el agua gratis de rigor, también tienen un rico té caliente que es como un consomé sin sal y que me arregla el cuerpo antes del wantun (jugoso y blandito por dentro, no como el de España que es un pestiño salado), los dumplings de cangrejo y cerdo (suculentos saquitos rellenos de caldo y carne), los noodles de ternera y el rice cake de gambas (fresquísimas gambas) que nos metemos entre pecho y espalda por el menos de 40$, propina incluida.
Thick as fingers noodles.
Agotados, vamos en busca de la línea A de metro por Canal st. y sus tiendas de souvenirs e imitaciones y, tras un viaje de unos 45 minutos, caemos rendidos en cama cerca de las 24:00h.